Es un guiño a nuestra intuición
como instrumento de percepción, que
permite profundizar, ahondar, en el conocimiento de lo que Somos.
Si como sugeríamos en el post anterior, el error fundamental no es otro que desconocer nuestra naturaleza
divina, nos encontramos ante un problema que se concreta en una toma progresiva de conciencia, y en última instancia en capacidad de percepción de la realidad. Tradicionalmente se nos educó en la pequeñez, en el pecado, en la culpa, en el reconocimiento de que la divinidad era algo aparte de nosotros. Hoy en día, a pesar de las múltiples batallas ganadas a los modos de pensar y sentir impuestos por la tradición, todavía existe un abismo entre el creer y la certeza. La creencia se manifiesta como un modo de adhesión que hasta cierto punto nos calma de nuestra soledad interior, del no saber, de la profundidad del misterio de la vida. Sin embargo, la certeza es un estado de conciencia que nace y se origina más allá de la creencia. La certeza, bien merece otro nombre, el de la fe, tan poco comprendida. La fe es ciertamente una fuerza del alma, y proviene y se manifiesta más allá de la mente en donde anidan las creencias. Hay que distinguir entre creencia y fe. Es preciso hacerlo.
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miércoles, 14 de enero de 2015
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